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RECORDANDO A WILLY

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Era del 59, pero aparentaba ser más joven. Nos encantaba pensar con quienes habría compartido su vida, las familias en las que habitó, pero estábamos seguros que cada uno de ellos lo había cuidado con mucho esmero. A parte de la ausencia de uno de los retrovisores laterales, el Mini Austin Cooper que compramos Ofelia y yo se mantenía en buen estado. Lo adquirimos de un ciudadano ingles de la Calle Porrúa, a cuatro cuadras del primer departamento que alquilamos. Era el inicio de nuestro matrimonio y, con la paga que recibía ella de sus clases de música y la mía de profesor de liceo, decidimos buscar un auto a nuestro alcance. Le pusimos de nombre Willy. Me basta cerrar los ojos y recordarlo todo. Ella está de espaldas en el fregadero, mientras yo llego del trabajo, dando saltos en las baldosas como un peón, hasta tomarla del talle. Que susto que le he dado, se queja, un día de estos la voy a matar de un sincope. Exagerada, le digo, mientras nos besamos y, de pronto, en un bolsil...

LA ISLA DE LA MARTINICA

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Dentro del Círculo Universitario, José María y la Martinica eran la pareja más bella. Por eso, cuando se separaron, todos pensamos que se trataba de una más de sus peleas. El círculo fue cayendo, y las reuniones donde se leía a Philip Roth o James Baldwin se perdieron. Al principio, como si se tratara de un acuerdo entre ambos, llegaba uno y el otro no. Extrañábamos, por ejemplo, que José María empezara la reunión del círculo con alguna palabra; una vez leyó el blues de Sonny, de Baldwin, en un libro de pasta roja titulado “Al encuentro del hombre”: el mundo esperaba afuera, hambriento como un tigre, y que el tumulto se extendía sobre nosotros, más extenso que el cielo . Todos nos mirábamos, pero ellos dos se besaban, como si con eso sellarán lo hermoso de cada lectura. Él se reflejaba en sus ojos, y ella dormía en su hombro. A veces, cuando caminábamos luego de las reuniones, pensábamos que la pareja era algo inusual; nos parecía que dormían en un libro y se despertaban en medio d...

UN GATO EN CASA ROJA

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Mientras me despedía de los amigos del trabajo en el estacionamiento del mismo, el móvil comenzó a sonar dentro de uno de mis bolsillos. Tardé un rato en encontrarlo (como suceden con mis llaves, documentos, etc.). Del otro lado una voz femenina dijo mi nombre: ¿Zoe?; ¿Sí?, contesté. Entonces la voz me pregunté si no la reconocía, y la verdad es que me era totalmente extraña, así que se lo dije: no. La voz se quedó callada un rato y luego, como si hubiere recapacitado que no vale la pena molestarse por ello, me dijo si me acordaba de una casita roja con una salita de juguete. Entonces grité: ¿Ofelia?. Y, en efecto, era ella: había llegado de Madrid después de haber estado ausente siete años y quería verme. Entonces me senté en el auto y le dije que, por mí, encantado. Al colgar el móvil sentí que mi mente retornaba diez años atrás, cuando aún no había acabado el verano. Entonces cerré los ojos y me vino a la mente aquella vida. Aquel año, al final del verano, alquilamos una casit...

VOLVER A EMPEZAR

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No bien habíamos terminado de cenar, Ximena me lanzó la pregunta: ¿hasta cuando vas a estar así, Zoe?, ¿Cuánto tiempo ya de ello?. Entonces Roberto, su esposo, intervino para llamarle la atención, puesto que, valgan verdades, Xime, que  barbaridad contigo, lo invitamos a cenar y lo primero que se te ocurre es preguntarle ello. No había problema, me había excusado y la verdad es que Xime tiene toda la razón, Roberto, ya ha pasado más de un año y medio en que Susane Lire me dejó. Y mientras Roberto recogía la mesa, Xime intervino para decirme que Susane no me había dejado, sino que se había muerto, y eso era un hecho natural y que, a la larga, a todos nos iba a pasar. Esta vez sí que Roberto se quedo parado mirando a su esposa, pues valgan verdades que frialdad la tuya, Xime, le había dicho, habría que ponerte en una agencia de seguros de vida. Pero a mi solo me daba por reír con las cosas de esos dos locos, pues sabía perfectamente que la Xime había amado tanto a su ...

MUNDO DE SUEÑOS

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A veces despierto; otras, solo sueño. Mi rostro reflejado en un vitral, y del otro lado del mismo un tren diminuto gira sobre un riel de plástico. Busco guantes y alguna bufanda. Algunas ocasiones me pongo en cuclillas y reviso una pluma fuente, bien lograda, muy bella en mis manos. Camino poco y duermo mucho. Mi mundo de sueños es más tranquilo que el real. Por las noches, cuando todos duermen, yo despierto y enciendo la lamparita de cama. Se ilumina el techo de mi habitación y me muestran las estrellas luminosas, rastros de una antigua inquilina que unió muchas de ellas plastificadas y en color neón. Mi dedo las une, nombrando sus nombres; Capella, Sirio, Procyon, Canopo y Régulo; pegadas sobre la puerta yace Alcor, Mizar, Vega, Deneb, Rigel y Betelgeuse.  De un tiempo acá hablo solo. Una vieja manía aprendida en el colegio que ha regresado. En la cómoda duerme el libro viejo. Su pasta gruesa oculta la historia de niños perdidos en una isla, salvajes, el mundo...

UNA CASA ILUMINADA

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Sucede siempre así: Me quedo exhorto en algo. No es que pierda la vista del interlocutor, lo que pasa es que, apenas me pierdo en mis pensamientos, ya no escucho sin dejar de verlo a los ojos. Solo veo movimientos de manos y de bocas que gesticulan, se mueven de un lado a otro, esbozado una sonrisa que sé que debo devolverla con una mía. Por momentos regreso en sí y asiento, sonrío, esbozo un claro, te entiendo. Me siento en el café y pienso que un día de éstos vas a entrar, Lucía, que te vas a quedar parada allí y me sonreirás; te quejarás del tráfico y me tomarás la mano: ¿estás mucho tiempo esperándome?, y yo que va, amor, un ratito no más.  Me gusta hablar con Mario. Me cuenta que ya no aguanta a la Vane, que lo llama por las noches desde Lima para que le hable media hora por el móvil hasta dormirse, y yo me río, porque sé que a Mario, en el fondo, le encanta. Se toma la cabeza y yo me río. A veces pienso que me llamarás del aeropuerto, para decirme que ya...

UNA FUGA, UN PARA SIEMPRE

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En un café de la calle de Esponz y Minas, por la cual se llegaba a la Puerta del Sol, allá en Madrid, me esperaba Abril. Ella, que por aquellos años leía Proust y andaba en busca del tiempo perdido, me había citado para verme. No nos habíamos visto desde que yo dejé el Perú. Para entonces vivía en un cuartito de la Calle del Prado, cerca al Teatro Español y me ganaba la vida como traductor de español al japonés a un grupo de cocineros Nipones que me habían contratado. Estaba bella cuando la vi; tenía una chompa de lana muy larga que le llegaba a los mulsos y una boina también de lana y del mismo color gris. Pedimos soldaditos de pavía y brindamos con vino blanco como debía ser.  Me encontraba igual que siempre y con los ojos más grandes. Estaba de paso por Madrid y quería verme antes de irse. Se había casado me dijo y yo la miré a los ojos. Tonto, me dijo, claro que le amo. Yo me encogí de hombros y pedimos más vino. Le encantaba ese vino y yo le dije que era...