VOLVER A EMPEZAR



No bien habíamos terminado de cenar, Ximena me lanzó la pregunta: ¿hasta cuando vas a estar así, Zoe?, ¿Cuánto tiempo ya de ello?. Entonces Roberto, su esposo, intervino para llamarle la atención, puesto que, valgan verdades, Xime, que  barbaridad contigo, lo invitamos a cenar y lo primero que se te ocurre es preguntarle ello. No había problema, me había excusado y la verdad es que Xime tiene toda la razón, Roberto, ya ha pasado más de un año y medio en que Susane Lire me dejó. Y mientras Roberto recogía la mesa, Xime intervino para decirme que Susane no me había dejado, sino que se había muerto, y eso era un hecho natural y que, a la larga, a todos nos iba a pasar. Esta vez sí que Roberto se quedo parado mirando a su esposa, pues valgan verdades que frialdad la tuya, Xime, le había dicho, habría que ponerte en una agencia de seguros de vida. Pero a mi solo me daba por reír con las cosas de esos dos locos, pues sabía perfectamente que la Xime había amado tanto a su hermana como yo a ella. Y, sin embargo, yo no había podido rehacer mi vida después de aquello. Había suplantado mis tiempos que pasaba con Susane en otras actividades para no pensar en ello: trabajo de ocho horas al día, almuerzo en restaurantes atestados de gente, gimnasio de dos horas en las que practicaba Spining, maquinas y una hora horrible de abdominales. Pero por las noches, cuando cruzaba el umbral de la casa, me bastaba ver el sillón de cuero rojo frente a la teve para imaginarla recostada sobre mis piernas, diciéndome si uno de estos días me voy o no a convertir en duende; y yo, claro, Susane, no sólo en duende, sino que también me he de convertir en una hormiga para que me puedas llevar contigo; y ella no se imaginaba una hormiga con tenis blancas que yo solía usar. Y si entraba a la cocina la podía ver de espaldas, frente al fregadero, con un mandil a la altura de la cintura, hablándome de espaldas, a ver si me ayudas a cocinar estos espaguetis, Zoe, y te abres la botellita de vino que esta en la nevera; y yo, tomándola por la espalda, oliendo sus cabellos, decía nunca me faltes, Susane, quédate siempre conmigo y no sólo cocino yo los espaguetis, sino que también fregó los trastos sucios; entonces ella volteaba y me veía a los ojos, diciéndome que nunca me faltaría, que sí algo iba a ganar en esta vida era quedarme contigo todos mis días de mi vida, Zoe. Y así fue mientras soporto la enfermedad. Entonces dejaba el saco tumbado por el suelo tan sólo para pensar que tú, Susane, ibas a entrar a la ducha para llamarme, por quincuagésima vez, la atención, Zoe, pues no es posible que dejes las cosas tiradas por todas partes, furiosa, pidiendo que no me hiciera el chistoso y contestara, y abriendo la cortina de la ducha no encontrar a nadie, para voltear y brincar del susto al verme escondido tras la puerta; dios mío, Zoe, me vas a matar un día de estos; y yo feliz aniversario, amor, entregándote un anillo más de aniversario; y ella perdonaba todo el desorden por cada anillo más, cada uno más bello que el otro y viceversa, porque el anterior era más bello también por ser más antiguo y un aniversario más, Zoe. Entonces me revoloteaba el cabello y, mirándome a los ojos, decía que no me dejes nunca, Zoe.

Pero entendí que la vida tenía que seguir para mí. Y tendí la cama y me afeite; me puse una camisa blanca y fui a la cita que la Xime me había programado con una de sus amigas en un café del centro. Y tome un taxi y pensé que, de haberme visto, Susane se hubiera reído al verme todo nervioso. Y bebimos café, y hablamos de la vida, y me contó que se había separado de un matrimonio de cinco años, y entonces recordé que un día como aquel yo me case contigo, Susane, en ese pueblito a donde nos habíamos escapado; tenías un vestido rosa con bordados pálidos, y una hermosa orquídea en la oreja; yo me había prestado un terno mata perros, pero me dijiste que sin corbata michi no te casabas conmigo, así que me compre la más bella que hubo en una tienda de segunda, que cuando me viste lo primero que hiciste fue reírte de ella, diciéndome que, hasta en el día de nuestro matrimonio, se me ocurría hacerla feliz. Entonces me disculpe con la chica, pagamos el café y le dije que tenía que volar en avión a Lima.

¿A Lima?, me había preguntado Xime en la cena que había preparado yo una semana después; y Roberto me guiño un ojo; y yo pero, Xime, la tipa no hacia sino hablar de su ex esposo y de los cinco años que estaban casados; y Roberto, claro, riéndose. Entonces la Xime me dio una oportunidad más y, una semana más tarde, me había programado una cita con otra de sus amigas, una chica que no hacia sino hablar de lo cruel que eran las corridas de toros, y yo me puse a pensar en todo el esfuerzo que hacíamos Susane y yo todo el año para poder ir a Acho en Octubre, ella vestida de Andaluza; yo con el terno mata perros prestado y, eso sí, en corbata michi. Entonces la Xime se dio por vencida, diciéndome que la culpa ya no era mía tampoco, pues sí algo compartía con su hermana era el hecho de los toros; y Roberto que barbaridad con ustedes.

Y, desde entonces, decidí seguir con mi vida y suplantando los horarios. Hasta que un día entre a un café con los amigos, empujándonos, entre risas, buscando una mesa, cuando me percate que en una mesa estaba Susane, sentada con otras amigas, riéndose, hasta que me quedo viendo y se sonrojo, y yo me senté pálido con los amigos que seguían hablando y ordenando cervezas frías, y las amigas de Susane también hablaban, pero ya sólo nos veíamos nosotros dos, miradas furtivas, sonrisas y sonrojadas; hasta que uno de los amigos saludó a una de ellas y decidieron unir mesas, y aprovechando la confusión nos sentamos juntos, y pude ver que Susane había cambiado un poco desde la última vez que la vi, pero estaba tan bella como el día en que partió. 

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