UNA FUGA, UN PARA SIEMPRE


En un café de la calle de Esponz y Minas, por la cual se llegaba a la Puerta del Sol, allá en Madrid, me esperaba Abril. Ella, que por aquellos años leía Proust y andaba en busca del tiempo perdido, me había citado para verme. No nos habíamos visto desde que yo dejé el Perú. Para entonces vivía en un cuartito de la Calle del Prado, cerca al Teatro Español y me ganaba la vida como traductor de español al japonés a un grupo de cocineros Nipones que me habían contratado. Estaba bella cuando la vi; tenía una chompa de lana muy larga que le llegaba a los mulsos y una boina también de lana y del mismo color gris. Pedimos soldaditos de pavía y brindamos con vino blanco como debía ser. 

Me encontraba igual que siempre y con los ojos más grandes. Estaba de paso por Madrid y quería verme antes de irse. Se había casado me dijo y yo la miré a los ojos. Tonto, me dijo, claro que le amo. Yo me encogí de hombros y pedimos más vino. Le encantaba ese vino y yo le dije que era de una uva de tinta Garnacha. Me acusó de erudito y le dije que eso me dedicaba a traducir; es decir, platos típicos, nombres de uvas, etc. ¿Qué cómo me iba? Nada mal, Abril; trabajo de día y por las noches escribo. ¿Aún quería ser escritor? Claro, tonta, eso nunca se podía dejar de lado. Comimos buñuelos de viento que remojábamos en un café Express muy malo. Era verdad, en nada se comparaban a los picarones con miel del Perú. ¿No tenia Novia? Pues, no. El tiempo, la novela, las traducciones y el trabajo extra en una peña no me dejaba tiempo para eso. Me volvió a acusar de mentiroso y yo de mujer despechada. Nos reíamos tanto y no hablamos de su esposo. ¿Hasta cuando me quedaba? No por mucho tiempo; apenas me pagaran los japoneses mis seis meses de traductor, una paga muy buena, me iría a Paris. Loco, me dijo, Paris ya no es lo mismo de lo que leímos. ¿En serio pensaba eso, Abril? Bajo lo ojos y me dijo claro que sí. Y las buhardilla de color azul, nuestros libros en un estante viejo, los domingos desnudos al sol que filtraría por la claraboya, la naturaleza siempre nos encontraría a donde fuéramos, tú lo habías dicho, Abril. 

Era tarde, se tenía que ir, su esposo estaría esperándola en un Hotel de la calle del Prado, cerca de la casa de Lope de vega. Pagamos y un viento frío nos recibió a la salida del café. Que me cuidara, me dijo, arreglándome la chalina, tocándome el cabello. He soñado una fuga, le recite, un para siempre. Sus ojos se empañaron y me dijo ve. Camine rumbo a la Puerta del Sol, y al llegar a la esquina para doblar, volteé a verla: estaba parada allí, agitando su mano. Me fui a mi habitación a empacar.

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