RECORDANDO A WILLY
Era
del 59, pero aparentaba ser más joven. Nos encantaba pensar con quienes habría
compartido su vida, las familias en las que habitó, pero estábamos seguros que
cada uno de ellos lo había cuidado con mucho esmero. A parte de la ausencia de
uno de los retrovisores laterales, el Mini Austin Cooper que compramos Ofelia y
yo se mantenía en buen estado. Lo adquirimos de un ciudadano ingles de la Calle
Porrúa, a cuatro cuadras del primer departamento que alquilamos. Era el inicio
de nuestro matrimonio y, con la paga que recibía ella de sus clases de música y
la mía de profesor de liceo, decidimos buscar un auto a nuestro alcance. Le
pusimos de nombre Willy.
Me
basta cerrar los ojos y recordarlo todo. Ella está de espaldas en el fregadero,
mientras yo llego del trabajo, dando saltos en las baldosas como un peón, hasta
tomarla del talle. Que susto que le he dado, se queja, un día de estos la voy a
matar de un sincope. Exagerada, le digo, mientras nos besamos y, de pronto, en
un bolsillo del pantalón hay un sobre. No es nada, que no me preocupase; y yo
solo la veo y asiento, si no hay nada de qué preocuparse, pues no hay nada.
Pero llegada la noche, ya con la luz del velador y mientras leo una novela, me
dice que se trata de una invitación: se casa su hermana. Según su explicación,
era mejor no ir, no teníamos tiempo, una y otra excusa de tu boca para evitarme
molestias, Ofelia, cómo si hubiese rencor en mí. Entonces me viste a los ojos
y, casi implorando, dijiste no vayamos. Quizás allí… hubiese dicho está bien,
no vayamos. Pero no, tuve que insistir, el hecho de que sus padres no aprobasen
la relación de su hija con un profesor del liceo no era óbice a no asistir a la
boda de la única hermana que siempre nos había apoyado, incluso jugándosela el
día de la boda a escondidas.
- - Y cómo vamos a ir vestidos, Zoe, si solo nos alcanza para
la renta – me dice, se pone los lentes a la altura de la nariz, toma su pequeño
libro que subraya todas las noches -; no creo que podamos gastar más; le
enviamos un ramo de rosas y luego ya los visitamos.
- - Claro que no – le digo, cuando debí haberme quedado
callado, darle la razón a su postura - , yo puedo pedirle un terno prestado a
Ramfis y podemos alquilar un vestido para ti.
Cerrar
los ojos y estas allí, parada, con un vestido florido y, desde la cintura, una
pequeña cinta. Me dices, sonrojada, qué me ves; y yo, como un pingüino en un
terno gris, me acerco y te digo que estás hermosa, que nunca te había visto
así; y tú, loco, será mejor irnos antes de que se nos haga tarde.
Al
tercer intento Willy despertó roncando, echando humo negro. Mientras manejaba a
la fiesta, nos propusimos tomar todo el champan que hubiese y comer toda la
carne posible, a ver si así ahorramos un poco, Zoe, y le regalamos a Willy una
buena afinada de motor. Sabes, Ofelia, quizás allí debí detener el auto y
decirte tienes razón, no vayamos, regresemos a casa, a nuestra vida de cuando
éramos pobres y felices como Hemingway, pero no te hice caso y llegamos a la fiesta.
Y tú fuiste la atracción, y nos robamos el show al bailar, y nos bebimos cuanto
champaña hubo y ya no había espacio para un bocado más. Sandra, tu hermana,
cuando buscábamos los abrigos para irnos, nos preguntó feliz de oreja a oreja
si estábamos bien, sino queríamos quedarnos; y nosotros no te preocupes, Willy
nos lleva; y ella quién es Willy y nosotros solo nos reíamos. Quizás allí,
Ofelia, quizás allí hubiese dicho sí, Sandrita, nos quedamos, estoy un poco
agotado o chispeante de tanta champaña; pero tú viniste y me dijiste al oído,
vamos , joven, que no traigo ropa interior.
Willy
nos dijo suban y partió haciendo una humareda, mientras Sandrita nos hacía
adiós a lo lejos. Y en el camino nos reíamos de todo lo que habíamos visto, la
cara de tu papa, Ofelia, cuando me vio entrar; y ella solo atina a reírse, a
decirme que no aguanta la risa… quizás allí, Ofe, quizás allí debí haber
detenido a Willy y nos hubiésemos bajado a tomar aire. Entonces Willy ve venir
a ese auto que se cruza, lo ayudo a girar, pero ya no recuerdo nada. En un
momento el aire se suspende y solo atino a poner mi mano en tu pecho, y todo
gira rápidamente y siento el golpe seco, nada más.
Me
basta abrir los ojos y ver la luz amarrilla que me ciega. Al cabo de un rato
distingo las figuras, el rostro de Sandrita con el rímel corrido, la de un
médico y entonces yo preguntó qué pasó, dónde está Ofelia. Ella está bien, me
calman, está en otra habitación, todo fue un milagro, pero ya estaban ambos
fuera de peligro. Me trato de poner de pie, me lo impiden, pero salgo, pido ver
a Ofelia y el doctor me dice que no es bueno, que ha perdido la memoria por el
traumatismo, que se trata de algo temporal, pero que se ha ido de su vida la
memoria primaria. Le pido que me explique y el golpe me viene de lleno: se
acuerda de todo, de su infancia, de su vida familiar, pero no de lo que paso en
su vida los últimos dos o tres años, y eso te incluye a ti, Zoe, me dice
Sandrita, la boda, su vida de pareja.
Las
terapias determinaron que quizás, con el tiempo y no sometida a estrés, Ofelia
recuperaría la memoria. Asistimos dos semanas a las charlas y al final de
ellas, Sandrita la llevaba consigo y yo volvía solo al departamento. Hasta la
última de las charlas, donde el psicólogo le preguntó a Ofelia si estaba
dispuesta a volver a casa conmigo e intentar una vida juntos o ir
progresivamente para ver los resultados.
Miguel
Ángel Asturias decía que mientras el agua corre va dormida; pero si se empoza,
abre los ojos y mira el cielo. Cuando vi los ojos de Ofelia y decirme no puedo,
sentí un gran forado en ellos, como si el agua no solo estuviese estancada,
sino que, sencillamente, no había rastro de ella. Ella volvió con Sandra; yo
con Willy. Intentamos comunicarnos por teléfono, hablarnos si ella recordase
algo para compartirlo conmigo, pero nada de eso sucedió. Conforme pasaron las
semanas la relación se fue perdiendo y, al cabo de unos meses, Sandrita me
pidió que ya no llamara a casa.
No
basta cerrar los ojos y olvidar todo. Lo hubiese querido, Ofelia, pero no es
posible. Entonces me dedique solo a las clases y a visitar a Willy. Lo tenía en
un taller de la calle 25, cerca del reducto. Nos pasábamos horas hablando. Al
cabo de unos meses le dieron de alta y lo lleve a casa. Aun roncaba por las
mañanas para encender.
Creo
que la memoria puede perderse, más no los sentimientos. Estos están siempre con
uno y, si bien son dirigidos a determinada persona, se quedan, forman parte
integral de uno. Supe que Sandrita se divorció al año de su matrimonio, pero no
quise averiguar más. Dedique todo mi esfuerzo a los estudios y a la
investigación en el campo de la literatura. Había pasado ya más de un año desde
que Ofelia me olvidó. Fue entonces que, un día cualquiera, de regreso de la
facultad, mientras iba caminando rumbo a casa, me percaté que Ofelia salía de
un restaurante. Estaba acompañada de un tipo muy elegante, pero lo que más
llamaba la atención era el vestido elegante de ella. Nunca, ni siquiera el día
del matrimonio de Sandra, la vi tan guapa. Tenía el pelo recogido y, desde el
accidente, la vi sonreír. No quise acercarme y trate, te lo juro Ofe, de tomar
otro camino, pero entonces que quedaste viendo. El agua había vuelto a tus ojos
y sentí que el corazón se me caía.
- - Hola – dijiste, de lo más natural, como quien salida a un
amigo o a algún conocido.-, ¿Cómo has estado, Zoe?
- - Bien, Ofelia, bien…
- - Te presento a Manongo – y yo quise decirte cómo el de la
novela -; es como el de la novela de Bryce, debes haberla leído.
- - Mucho gusto – dijo Manongo y yo solo quise decirte si,
hemos pensado al mismo tiempo el nombre y es que habíamos leído… ya no importa.
– un gusto conocerte; Ofelia me ha hablado de ti.
Nos
quedamos luego en silencio y nos despedimos. Seguí caminando o mejor dicho
flotando por todo lo que había pasado, mientras ellos se iban camino abajo,
elegantes. Entonces me quede parado, sin saber qué hacer. Volví la mirada y
ellos se alejaban más dándome la espalda. Entonces no sé qué me pasó, Ofe, fue
como si hiciese mi último esfuerzo, como si mi cuerpo diera el último soplido,
un último halo de vida y grité:
- - Ha vuelto a casa y
me pregunta siempre por ti (ella se detiene sin voltear y el tipo la toma del
brazo, parece que le susurra algo y él me queda mirando); estuve con él toda su
recuperación; se siente culpable de todo lo que pasó (él insiste en que avancen
pero ella no se mueve). Aun por las mañanas le cuesta levantarse, pero hace el
esfuerzo (voltea y estas llorando, Ofelia, el agua de tus ojos discurre); el
frío aun le causa ese ronroneo… (no puedo dejar de verte y te escucho por
primera vez después de un año).
- - Quizás sería bueno comprarle una manta, así estaría más
abrigado.
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