UNA CASA ILUMINADA
Sucede siempre así: Me quedo exhorto en algo. No es que pierda la vista del interlocutor, lo que pasa es que, apenas me pierdo en mis pensamientos, ya no escucho sin dejar de verlo a los ojos. Solo veo movimientos de manos y de bocas que gesticulan, se mueven de un lado a otro, esbozado una sonrisa que sé que debo devolverla con una mía. Por momentos regreso en sí y asiento, sonrío, esbozo un claro, te entiendo. Me siento en el café y pienso que un día de éstos vas a entrar, Lucía, que te vas a quedar parada allí y me sonreirás; te quejarás del tráfico y me tomarás la mano: ¿estás mucho tiempo esperándome?, y yo que va, amor, un ratito no más.
Me gusta hablar con Mario. Me cuenta que ya no aguanta a la Vane, que lo llama por las noches desde Lima para que le hable media hora por el móvil hasta dormirse, y yo me río, porque sé que a Mario, en el fondo, le encanta. Se toma la cabeza y yo me río. A veces pienso que me llamarás del aeropuerto, para decirme que ya has llegado y ni rastro tuyo, Zoe, que desconsideración la tuya; y yo ya llego, amor, el tráfico. De regreso a casa callada, mirando la ventana, cómo es posible que me hayas tenido esperando una hora, Zoe, una hora!. Lo sentía, amor, en serio, el tráfico. Sólo quieres llegar a casa, no tienes ganas de hablar hoy conmigo. Estaciono el auto y bajas tus maletas, diciendo que mejor lo haces tú, no vaya a ser que si me lo pides las dejo en medio de la calle; y yo no exageres, amor, era el tráfico; y cuando esperas seguir diciéndome cosas, porque un día de éstos me vas a matar, Zoe… abres la puerta y los amigos gritan “bienvenida”; y tú botas las cosas, te tapas la boca, me ves, me abrazas, saludas a todos. Y la Vane te dice que todo ha sido idea de tu esposo, pero el pastel te lo traje yo Luci; y Mario seguro que le has dicho la vida a Zoe; y tú me miras, me abrazas de la cintura y escondes tu rostro en mi pecho; lo siento, Zoe, en verdad… y yo que va, amor, mirándote eternamente en mi memoria…
Sucede siempre así. Trabajo todo el día. Distraigo la mente hasta la noche. Pero sé que tengo que regresar a casa. Me pongo el saco y camino por la ciudad. Enfundada las manos, exhorto en mis pensamientos, Lucia. A veces escucho el tráfico; otras sólo pienso y pienso: qué sería si aún vivieras, si no te hubieses muerto. Me detengo en el umbral del edificio. Buenas noches, señora María; y doña María ¿ya regresando del trabajo, Zoecito?; y yo sí señora, ya regresando; y ella a ver si bajas más tarde a cenar un poco; y yo que va, seño, ya comí; y sólo subo las escaleras y enciendo el interruptor: el fluorescente que oscila hasta iluminar la pequeña salita, los cojines, el desván iluminado. Me encierro y cuelgo el saco, dejo las llaves en una mesita y me sirvo un trago. Me acodo en la puerta del estudio y se enciende la luz: el librito a medio terminar que dejaste, la nota al pie de la página inconclusa: “decirle a Zoe que enciende tantas luces en mi vida, que yo no sé como voy a hacer para apagarlas.” sonrío, pensando que ahora soy yo quien tiene una casa tan iluminada.

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