UN GATO EN CASA ROJA
Mientras
me despedía de los amigos del trabajo en el estacionamiento del mismo, el móvil
comenzó a sonar dentro de uno de mis bolsillos. Tardé un rato en encontrarlo
(como suceden con mis llaves, documentos, etc.). Del otro lado una voz femenina
dijo mi nombre: ¿Zoe?; ¿Sí?, contesté. Entonces la voz me pregunté si no la
reconocía, y la verdad es que me era totalmente extraña, así que se lo dije:
no. La voz se quedó callada un rato y luego, como si hubiere recapacitado que
no vale la pena molestarse por ello, me dijo si me acordaba de una casita roja
con una salita de juguete. Entonces grité: ¿Ofelia?. Y, en efecto, era ella:
había llegado de Madrid después de haber estado ausente siete años y quería
verme. Entonces me senté en el auto y le dije que, por mí, encantado. Al colgar
el móvil sentí que mi mente retornaba diez años atrás, cuando aún no había
acabado el verano.
Entonces cerré los ojos y me vino a la mente aquella vida. Aquel año, al final del verano, alquilamos una casita color roja que, más allá de un patio central, dos habitaciones y una salita de juguete, tenía un jardín abandonado y lleno de tierra. Entonces ella dejo al gato en el suelo y, manos en la cintura, le pidió que no se andaré perdiendo, y cuando los vecinos preguntaban cómo iban los arreglos de la casita, les decía que “el agua chorrea por todas partes, dentro, fuera. Lavamos la casa a raudales. La bañaremos así dos o tres veces al año.”, repitiendo las palabras de Margarita Duras, en una novela que a ella le gustaba mucho: L'amant de la Chine du Nord . Pero lo cierto era que de agua no teníamos gota alguna, las cañerías se habían obstruido y los plomos del toma corriente volaban cada vez que prendíamos la luz del Jardín. El gato tomó posición de la ventanita que daba a la calle, y tras limonadas frías para cada descanso, acabamos de pintar la casa a comienzos del otoño y la pudimos habitar.
Encendí el auto y abandone el trabajo con dirección a mi departamento. Mientras conducía por las calles, me pregunté cómo se vería Ofelia diez años después de nuestra separación. Me detuve en un semáforo y recordé su gato. Raras manías tienen los gatos; entre ellas, la de no tener nacionalidad. Sí algo era el gato de Ofelia, yo estoy seguro que era un paria en París. El tipo se desaparecía un día y aparecía otro como si nada. Y lo peor de todo era tener que ir a buscarlo para que Ofelia pudiera dormir. Un día no vino tres noches y Ofelia no pego un ojo, y yo con ella. Se lo imaginaba pasando penurias por las calles. Entonces me abrigaba y salía a dar una vuelta por el vecindario a ver si el muy vago estaba por allí. Sólo un día recuerdo habérmelo cruzado. Se quedó estático y me quedo viendo; luego siguió su camino. Una gata estaba bajo un farol. Le comenté a Ofelia que su gato andaba de novio y me metí a la cama. Ya verá, fue lo último que le escuche cuando me quede dormido.
Al llegar al departamento, encendí las luces de mi sala, deje sobre el sillón el saco y la corbata, y busque en la nevera una cerveza fría. La bebí despacio, mientras buscaba que ropa ponerme para la cita que habíamos programado para ese día Ofelia y yo en una restaurant español de la calle del Prado. Y recordé las penurias que pasamos por aquellos años.
Un año después Ofelia me pidió que compráramos la casa. Se había acostumbrado a ella, y el gato al vecindario. El banco ayudo a financiarla en diez años. Las andanzas del gato cesaron, y ahora se las pasaba durmiendo frente al fuego: había una pequeña chimenea que la encendíamos en invierno para leer juntos. Pero lo cierto fue que, con el tiempo, la relación se gastó y fuimos sinceros uno al otro: yo tenía sueños distintos a ella; ella quería experimentar todo en la vida. Y la casa se vendió con hipoteca y todo a una pareja que la encontró bañada tres veces por año.
Entonces cerré los ojos y me vino a la mente aquella vida. Aquel año, al final del verano, alquilamos una casita color roja que, más allá de un patio central, dos habitaciones y una salita de juguete, tenía un jardín abandonado y lleno de tierra. Entonces ella dejo al gato en el suelo y, manos en la cintura, le pidió que no se andaré perdiendo, y cuando los vecinos preguntaban cómo iban los arreglos de la casita, les decía que “el agua chorrea por todas partes, dentro, fuera. Lavamos la casa a raudales. La bañaremos así dos o tres veces al año.”, repitiendo las palabras de Margarita Duras, en una novela que a ella le gustaba mucho: L'amant de la Chine du Nord . Pero lo cierto era que de agua no teníamos gota alguna, las cañerías se habían obstruido y los plomos del toma corriente volaban cada vez que prendíamos la luz del Jardín. El gato tomó posición de la ventanita que daba a la calle, y tras limonadas frías para cada descanso, acabamos de pintar la casa a comienzos del otoño y la pudimos habitar.
Encendí el auto y abandone el trabajo con dirección a mi departamento. Mientras conducía por las calles, me pregunté cómo se vería Ofelia diez años después de nuestra separación. Me detuve en un semáforo y recordé su gato. Raras manías tienen los gatos; entre ellas, la de no tener nacionalidad. Sí algo era el gato de Ofelia, yo estoy seguro que era un paria en París. El tipo se desaparecía un día y aparecía otro como si nada. Y lo peor de todo era tener que ir a buscarlo para que Ofelia pudiera dormir. Un día no vino tres noches y Ofelia no pego un ojo, y yo con ella. Se lo imaginaba pasando penurias por las calles. Entonces me abrigaba y salía a dar una vuelta por el vecindario a ver si el muy vago estaba por allí. Sólo un día recuerdo habérmelo cruzado. Se quedó estático y me quedo viendo; luego siguió su camino. Una gata estaba bajo un farol. Le comenté a Ofelia que su gato andaba de novio y me metí a la cama. Ya verá, fue lo último que le escuche cuando me quede dormido.
Al llegar al departamento, encendí las luces de mi sala, deje sobre el sillón el saco y la corbata, y busque en la nevera una cerveza fría. La bebí despacio, mientras buscaba que ropa ponerme para la cita que habíamos programado para ese día Ofelia y yo en una restaurant español de la calle del Prado. Y recordé las penurias que pasamos por aquellos años.
Un año después Ofelia me pidió que compráramos la casa. Se había acostumbrado a ella, y el gato al vecindario. El banco ayudo a financiarla en diez años. Las andanzas del gato cesaron, y ahora se las pasaba durmiendo frente al fuego: había una pequeña chimenea que la encendíamos en invierno para leer juntos. Pero lo cierto fue que, con el tiempo, la relación se gastó y fuimos sinceros uno al otro: yo tenía sueños distintos a ella; ella quería experimentar todo en la vida. Y la casa se vendió con hipoteca y todo a una pareja que la encontró bañada tres veces por año.
Me di un duchazo con agua tibia y me puse una camisa limpia. Tomé las llaves del auto, un jersey verde y me fui a la cita. Para variar llegué con un cuarto de hora de adelanto. Me senté en una mesita y pedí una copa de vino. Espere a que llegara. Cuando la vi entrar me pareció cualquier otra persona menos la Ofelia que había vivido conmigo y un gato. Ofelia estaba hecha y derecha como una señora. Nos abrazamos fuerte y, empujándome con las manos por los hombros, me dijo que los años no habían pasado por mí. Tomamos asiento y pedimos la carta. Cenamos algo y bebimos vino. Hablamos de nuestras vidas: siete años de matrimonio en ella habían logrado dos hijos y una casa en Madrid, frente al parque del retiro. A mí los siete años me habían dado un trabajo estable y un departamento de soltero. Me gustó hablar con ella y nos despedimos. Yo volví a mi vida y estoy seguro que ella a una donde no había gatos.

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