LA ISLA DE LA MARTINICA
Dentro del Círculo Universitario, José María y la Martinica eran
la pareja más bella. Por eso, cuando se separaron, todos pensamos que se
trataba de una más de sus peleas. El círculo fue cayendo, y las reuniones donde
se leía a Philip Roth o James Baldwin se perdieron. Al principio, como si se
tratara de un acuerdo entre ambos, llegaba uno y el otro no. Extrañábamos, por
ejemplo, que José María empezara la reunión del círculo con alguna palabra; una
vez leyó el blues de Sonny, de Baldwin, en un libro de pasta roja titulado “Al
encuentro del hombre”: el mundo esperaba
afuera, hambriento como un tigre, y que el tumulto se extendía sobre nosotros,
más extenso que el cielo. Todos nos mirábamos, pero ellos dos se besaban,
como si con eso sellarán lo hermoso de cada lectura. Él se reflejaba en sus
ojos, y ella dormía en su hombro. A veces, cuando caminábamos luego de las
reuniones, pensábamos que la pareja era algo inusual; nos parecía que dormían
en un libro y se despertaban en medio de la mancha, entre gigantes y, a la vez,
molinos. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo y no se los veía ya juntos,
tramamos unirlos una vez más. Fue inútil. Cuando se vieron en la reunión que,
supuestamente, el círculo había hecho solo para dar a conocer a sus nuevos
integrantes (cachimbos que habían ingresado ese año), ni se hablaron.
Meses más
tarde, José María nos anunciaría que viajaba a París. Hicimos la reunión,
convocamos a todo el círculo, pero la gran ausencia fue La Martinica que nunca
llegó. Aquella noche leyó para todos Montaigne: No es que el sabio no pueda vivir contento en cualquier parte, incluso
en medio del gentío de un palacio; más si le das a escoger, huirá, según dice,
incluso de esa visión. Bebimos vino tinto y se despidió de todos con un
abrazo. Por la noche, lo llevé al aeropuerto. Nos despedimos en un gran hall,
donde lo vi sentarse solo y esperar su avión. Antes de partir me dijo: te
espero en París, Bolaño, en Louvre.
Los dos años que siguieron fueron de
acontecimientos: La Martinica se casó con Lucas Di Palma, un argentino dueño de
una flota de buques, al que todos conocimos como el Loco del barco fantasma;
Aranjuez, un amigo del círculo, fue acribillado a balazos cuando tomaba un
caldo de gallina; Fujimori daba el golpe de estado y todo el Perú lo apoyaba;
decidí largarme del país. Le escribí a José María pero no obtuve respuesta alguna.
A París llegue como llegan todos: de alquiler. Vivía en un cuartito de la calle
Lille, cerca de las tulleries quai du Louvre. Me pasaba las mañanas trabajando
en un Bistrot de la rue Guénégaud, Cerca del puente Neuf, a pocos pasos de la
Plaza de L`Ecole. Un día, al entrar al museo de Luvre, me tope de cara con José
María; nos abrazamos, fuimos a un café de la rue de Rivoli, cerca del palacio
Royal. Estábamos felices de vernos. Como has cambiado, Boñalo, me dijo, pareces
un viejo triste y sin vida. Yo me reía y le decía que a él lo encontraba igual,
con esos lentes redondos y cada día más joven. Su secreto era el vino, me dijo.
Así que bebimos vino y más vino. Me contó, entre otras cosas, que vivía a pocas
cuadras de allí, en un cuartito acogedor de la calle Moliere, donde escribía lo
que sería su primera Novela. ¿Cómo se ganaba la vida? Fácil, de traductor, mi
querido Bolaño. Así, la velada paso de anécdotas de París y noticias del Perú
que él quería escuchar. Casi al final de la noche, ya con la sangre empozada,
me atreví a preguntarle por La Martinica y el final de su relación. No habrás
venido a Paris a preguntarme eso o sí, Bolaño, me dijo. Si no quería hablar no
había problema, le contesté. Me preguntó cómo estaba ella. Le dije que se había
casado con un trotamundo, un fetiche que no hacia otra cosa que hablar de sus
barcos y de collares de Ámbar. Se reía, se imaginaba a la Martinica en un gran
velero, siempre bella. Se le iluminaban los ojos cuando pensaba en ella.
Desde
entonces, nos reuníamos siempre en el mismo Café, para hablar de “nuestras
novelas”, de su soledad y de mi último romance, una vieja francesa que me daba
la vida y algo más, hasta que un día me dijo que se iba de viaje a Bélgica, tenía
que terminar la novela lejos de París. No sé porque pero no le creía nada. Yo
no escribía, el poco tiempo que tenía lo compartía con él, así que intuí que él
tampoco lo hacía y que su viaje solo era un pretexto para esa aura de escritor
que nunca fue. Me equivoque. No lo volví a verlo nunca más y solo tuve noticias
suyas por su primera Novela que apareció publicada en francés y en las mejores
librerías de la ciudad luz; se titulaba: “Adiós a la Isla.” De entrada había
una dedicatoria. “Al círculo y, especialmente, a la Isla de la Martinica, en la
lengua de Montainge: votre ècrivavain” en ella, estaba yo como un personaje de
apellido Solano, el cual era amigo íntimo de Juan Manuel, el personaje central,
quien tenía un amor llamado Ile. La novela discurría entre Perú, España, Italia
y Francia, y en la que José María explicaba el porqué de su ruptura con la
Martinica. Me quedé solo una semana leyendo la novela, comiéndome las letras,
las palabras que ellos, en la oscuridad de su habitación, se decían. La promesa
y el llanto, su partida. Al final, la novela terminaba con una frase para la
Martinica: “lo he logrado por ti, se dijo, mientras ponía el punto final a su
primera novela.”
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