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MUNDO DE SUEÑOS

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A veces despierto; otras, solo sueño. Mi rostro reflejado en un vitral, y del otro lado del mismo un tren diminuto gira sobre un riel de plástico. Busco guantes y alguna bufanda. Algunas ocasiones me pongo en cuclillas y reviso una pluma fuente, bien lograda, muy bella en mis manos. Camino poco y duermo mucho. Mi mundo de sueños es más tranquilo que el real. Por las noches, cuando todos duermen, yo despierto y enciendo la lamparita de cama. Se ilumina el techo de mi habitación y me muestran las estrellas luminosas, rastros de una antigua inquilina que unió muchas de ellas plastificadas y en color neón. Mi dedo las une, nombrando sus nombres; Capella, Sirio, Procyon, Canopo y Régulo; pegadas sobre la puerta yace Alcor, Mizar, Vega, Deneb, Rigel y Betelgeuse.  De un tiempo acá hablo solo. Una vieja manía aprendida en el colegio que ha regresado. En la cómoda duerme el libro viejo. Su pasta gruesa oculta la historia de niños perdidos en una isla, salvajes, el mundo...

UNA CASA ILUMINADA

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Sucede siempre así: Me quedo exhorto en algo. No es que pierda la vista del interlocutor, lo que pasa es que, apenas me pierdo en mis pensamientos, ya no escucho sin dejar de verlo a los ojos. Solo veo movimientos de manos y de bocas que gesticulan, se mueven de un lado a otro, esbozado una sonrisa que sé que debo devolverla con una mía. Por momentos regreso en sí y asiento, sonrío, esbozo un claro, te entiendo. Me siento en el café y pienso que un día de éstos vas a entrar, Lucía, que te vas a quedar parada allí y me sonreirás; te quejarás del tráfico y me tomarás la mano: ¿estás mucho tiempo esperándome?, y yo que va, amor, un ratito no más.  Me gusta hablar con Mario. Me cuenta que ya no aguanta a la Vane, que lo llama por las noches desde Lima para que le hable media hora por el móvil hasta dormirse, y yo me río, porque sé que a Mario, en el fondo, le encanta. Se toma la cabeza y yo me río. A veces pienso que me llamarás del aeropuerto, para decirme que ya...

UNA FUGA, UN PARA SIEMPRE

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En un café de la calle de Esponz y Minas, por la cual se llegaba a la Puerta del Sol, allá en Madrid, me esperaba Abril. Ella, que por aquellos años leía Proust y andaba en busca del tiempo perdido, me había citado para verme. No nos habíamos visto desde que yo dejé el Perú. Para entonces vivía en un cuartito de la Calle del Prado, cerca al Teatro Español y me ganaba la vida como traductor de español al japonés a un grupo de cocineros Nipones que me habían contratado. Estaba bella cuando la vi; tenía una chompa de lana muy larga que le llegaba a los mulsos y una boina también de lana y del mismo color gris. Pedimos soldaditos de pavía y brindamos con vino blanco como debía ser.  Me encontraba igual que siempre y con los ojos más grandes. Estaba de paso por Madrid y quería verme antes de irse. Se había casado me dijo y yo la miré a los ojos. Tonto, me dijo, claro que le amo. Yo me encogí de hombros y pedimos más vino. Le encantaba ese vino y yo le dije que era...

BUGANVILIAS EN ABRIL

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En su última carta, más allá de especificaciones sobre las Buganvilias, Abril me contaba sobre las revueltas que habían hecho noticia por esos días. Me costaba imaginarla protestando contra la dictadura. Sin embargo, por sus palabras, supe que todo era verdad, hasta su detención por comandos militares en uno de los ambientes de la Universidad donde estudiaba letras. “nos llevaron a un recinto y nos amenazaron de muerte”, me escribía en letras grandes, para una mujer que tenía el cuerpo más débil que yo haya conocido. A vuelta de correo, le contaba sobre mi vida en Palma de Mallorca, en mi casita de Migjorn, cerca al Club Náutico donde trabajaba de maître y por las tardes como Timonel cerca del Contramuelle Mollet, en una embarcación de nombre “Alma mía”.  Los días que vinieron no tuve noticias suyas sino hasta tres meses después en que me escribió desde Argentina. Había llegado como refugiada de la dictadura, se había marchado de tantas amenazas. Yo estaba en u...

DIARIO

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Los masones creen que existe una persona igual que uno en otro espacio y tiempo, no necesariamente mayor ni menor que uno, viviendo otra vida, en otro país o muy cerca. Dicen, además, que si uno, en otro lugar y tiempo, toma una decisión, ésta no solo le afecta a uno sino también a esa persona que es igual que nosotros. Hace unos años atrás, mientras vivía en Japón, leí esto y me quede pensando en este dogma. La idea de la otra persona igual que uno la vino a reforzar un cuento de Julio Ramón Ribeyro por aquellos días. Aquel día, bajo un letrero oxidado de Pepsi-Cola en rojo y azul, como el antiguo logo de la bebida, me senté a beber un café helado (allá se expenden en cada esquina) y pensaba en la idea de la otra persona igual que yo en otro espacio y tiempo. Entonces se me vino a la mente tomar alguna decisión y recodar la fecha para cuando la encontrase algún día y preguntarle que había pasado con ella. Pues bien, ese día tome la decisión de viajar a una antigua ciu...

LOS IDEALISTAS

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Raras cosas sucedieron entre los años 322 y 390 antes de Cristo; por una parte Aristóteles propugnaba que uno físicamente sí existe, si es que, al menos, otro lo pueda tocar (a esto le llamaron materialismo). Platón y Sócrates, por el contrario, decían que nosotros no existimos, sino que, realmente lo que suced, es que nos estamos recordando al haber alcanzado el idealismo y, por ende, ya estamos muertos. Entonces Ofelia se ponía las gafas a la altura de la nariz y me observaba sobre las mismas: ¿cómo se come eso? Yo, la verdad, me encogía de hombros, diciéndole que, en todo caso, yo me quedaba con la idea (si no es que ya estoy recordando esto) de los idealistas. - ¿entonces estamos muertos y no estamos aquí ahora? – me preguntaba, abrigada hasta el cuello con las sabanas, abrazándome bajo ellas, diciéndome que frío hace ahora que ya estamos muertitos, Zoe. - Lo que sucede es que la muerte es alcanzar, sobre todo, el mundo de las ideas; - explicaba, apagando la lu...

TEORIAS

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Ella dibujo el almagesto en la arena, y me dijo que todas las personas, al igual que el sistema geocéntrico, giraban alrededor de mi corazón. Entonces me enamoré. Y me enamoré a ojos cerrados y manos abiertas; y me enamoré con álgebra y modelos heliocéntricos. Los libros sobre la mesa y café humeante, y besos, muchos besos. Y dejamos de lado las teorías y nos fuimos de pesca. Y en un muelle pescábamos peces globos que, sin alas, volvían al mar dando tumbos. Ya no nos importó la velocidad de la luz o la teoría del flogisto. Nos habíamos enamorado con dientes y con manos; con sueño y con sueños; con dedos, con miedo, con cuerpo, con sangre. Y nos mirábamos las uñas y las encontrábamos llenas de arena, de playa, de vida. Ojos y ojos. Grandes cíclopes mirándose así mismos, una constante gravitación universal. La teoría de la doble rendija y el crepúsculo por la tarde. Peces y peces mirándonos desde la profundidad del mar, como nuestros piececillos tocaban el agua. Besos y a...