DIARIO


Los masones creen que existe una persona igual que uno en otro espacio y tiempo, no necesariamente mayor ni menor que uno, viviendo otra vida, en otro país o muy cerca. Dicen, además, que si uno, en otro lugar y tiempo, toma una decisión, ésta no solo le afecta a uno sino también a esa persona que es igual que nosotros. Hace unos años atrás, mientras vivía en Japón, leí esto y me quede pensando en este dogma. La idea de la otra persona igual que uno la vino a reforzar un cuento de Julio Ramón Ribeyro por aquellos días. Aquel día, bajo un letrero oxidado de Pepsi-Cola en rojo y azul, como el antiguo logo de la bebida, me senté a beber un café helado (allá se expenden en cada esquina) y pensaba en la idea de la otra persona igual que yo en otro espacio y tiempo. Entonces se me vino a la mente tomar alguna decisión y recodar la fecha para cuando la encontrase algún día y preguntarle que había pasado con ella. Pues bien, ese día tome la decisión de viajar a una antigua ciudad a dar una vuelta, en lugar de ir a trabajar. Tome la autopista al sur del Japón y me detuve en la entrada de la ciudad. Baje del auto y puse una moneda de 100 yenes bajo una piedra. Subí al auto, di unas vueltas y volví a casa. Recuerdo muy bien la fecha y el día. 

Con los años regresé al Perú y conocí a una persona muy especial para mí en mi vida. Conforme pasaron los días llegue a la conclusión de que ella era la persona indicada . No recuerdo cuando, pero un día me confió sus diarios. Al inicio me opuse a ello, pero ella insistió. Al llegar a casa, los deje en mi cómoda y me olvide de ellos. Casi a media noche me levante como con un impulso. Encendí la luz de la habitación y vi los diarios allí tendidos sobre la cómoda. Pensé en la fecha de aquel día de sol en Japón y la moneda bajo la piedra. Busque rápidamente la fecha y leí lo que le había ocurrido aquel día. No había nada de raro, pero al final de la hoja, oculto por un sticker, decía secreto. Dude en despegar el sticker. Cerré el diario y lo deje. Me retire hasta la cama y caí sentado. Sin embargo, volví al diario y despegue el sticker. Luego de enterarme sobre que era el secreto, me arrepentí de haberlo leído o, en todo caso, de no haber ido a trabajar ese día.

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