BUGANVILIAS EN ABRIL


En su última carta, más allá de especificaciones sobre las Buganvilias, Abril me contaba sobre las revueltas que habían hecho noticia por esos días. Me costaba imaginarla protestando contra la dictadura. Sin embargo, por sus palabras, supe que todo era verdad, hasta su detención por comandos militares en uno de los ambientes de la Universidad donde estudiaba letras. “nos llevaron a un recinto y nos amenazaron de muerte”, me escribía en letras grandes, para una mujer que tenía el cuerpo más débil que yo haya conocido. A vuelta de correo, le contaba sobre mi vida en Palma de Mallorca, en mi casita de Migjorn, cerca al Club Náutico donde trabajaba de maître y por las tardes como Timonel cerca del Contramuelle Mollet, en una embarcación de nombre “Alma mía”. 

Los días que vinieron no tuve noticias suyas sino hasta tres meses después en que me escribió desde Argentina. Había llegado como refugiada de la dictadura, se había marchado de tantas amenazas. Yo estaba en un café de la calle Aníbal, hasta donde tenía que ir para revisar mi buzón de correo. Me impresionó lo madura que se escuchaba. Ya en Buenos Aires encontraría la manera de protestar contra la dictadura, tocaría puertas, radios, lo que fuere con tal de ver al sátrapa caer allá en el Perú. Según ella, yo no entendería nunca lo que sentía, yo era un burgués que había decidido marcharme del país y vivir como un holgazán en las playas de la madre patria. Sin embargo, terminaba escribiendo que me extrañaba, que recordaba los días en que, juntos, alimentábamos las Buganvilias. Aproveche en contestar la misiva para mi insurgente preferida. En ella, le hacía saber que, en efecto, yo me había autoexiliado a diferencia de ella, pero que, sin embargo, me rajaba el lomo para costearme mis alimentos y vivienda, así que no me parecía justo lo de holgazán. Por lo de las buganvilias, le hacía saber que aquí, en Mallorca, crecen y, literalmente, se comen las casas. La recordaba siempre y esperaba que este bien y no se meta en problemas. A la semana me escribió desde México; había llegado invitada por un congreso en protesta de la dictadura y, aprovechando su estancia, había blasfemado contra el PRI, de inmediato le habían dado 24 horas para que deje el país, por ingrata y lengua floja, así que la única esperanza era viajar a España, a Madrid y luego a Mallorca a verme. Me entusiasmo la idea que viniera. La esperé en el aeropuerto de Baraja- Madrid. Cuando la vi, estaba mas delgada que cuando la conocí. Venía con una maleta de cuero y un Jean azul que le bailaba en el cuerpo, acompañada de una delegación de peruanos, entre los que figuraban algunos dirigentes de izquierda, todos bien vestidos y llenos de surviniers del último dutyfree en el que habían hecho escala. Cuando me vio se le cayeron las maletas y vino corriendo a abrazarme. La tomé con fuerza y giramos en medio de la recepción. Esperamos a que sus amigos se instalaran en un hotel de la capital y tomamos el primer tren rumbo a Palma de Mallorca. Quería conocer mi casita en Migjorn. Todo el tiempo que viajo a mi lado se la paso durmiendo, con sobresaltos en los que despertaba, me vía, sonreía y se volvía a dormir. 

Mi ratonera le pareció la más humilde y bella de las casas de la bahía. Tomó una larga ducha de agua fría y se puso un vestido florido y unas sandalias veraniegas. Paseamos por el contramuelle, por Lonja de pescado y tomamos a “Alma Mía” y recorrimos juntos la bahía. Por la noche hicimos el amor y, en la madrugada, contemple como dormía a mi lado, mientras yo soplaba su nuca para disipar su calor. Estuvo tres largos días en los que fuimos los burgueses más felices y cuando me anuncio su partida, sentí que jamás la volvería a ver. Así fue. La acompañe a Barcelona, y en el trayecto me miraba y me decía que pronto volvería, que a penas cayera la dictadura volvería conmigo. Yo solo le sonreía. Cuando nos despedimos, me beso y me dijo escribe. 

Aquel año, la dictadura interceptó los teléfonos y correos de la ciudad y el país; el dictador luchó su última batalla y un grupo de jóvenes universitarios eran secuestrados y fusilados en medio del desierto. Cuando leí la noticia del cadáver de una de las jóvenes, pensé en Abril. Tenía el cuerpo carbonizado, pero una buganvilia de metal en su Jean. Aún vivo en Mallorca, escribiendo novelas, regando las pocas Buganvilias que, como vida que se extiende, va comiéndose, literalmente, mi casita de Migjorn.

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