LOS IDEALISTAS
Raras cosas sucedieron entre los años 322 y 390 antes de Cristo; por una parte Aristóteles propugnaba que uno físicamente sí existe, si es que, al menos, otro lo pueda tocar (a esto le llamaron materialismo). Platón y Sócrates, por el contrario, decían que nosotros no existimos, sino que, realmente lo que suced, es que nos estamos recordando al haber alcanzado el idealismo y, por ende, ya estamos muertos. Entonces Ofelia se ponía las gafas a la altura de la nariz y me observaba sobre las mismas: ¿cómo se come eso? Yo, la verdad, me encogía de hombros, diciéndole que, en todo caso, yo me quedaba con la idea (si no es que ya estoy recordando esto) de los idealistas.
- ¿entonces estamos muertos y no estamos aquí ahora? – me preguntaba, abrigada hasta el cuello con las sabanas, abrazándome bajo ellas, diciéndome que frío hace ahora que ya estamos muertitos, Zoe.
- ¿entonces estamos muertos y no estamos aquí ahora? – me preguntaba, abrigada hasta el cuello con las sabanas, abrazándome bajo ellas, diciéndome que frío hace ahora que ya estamos muertitos, Zoe.
- Lo que sucede es que la muerte es alcanzar, sobre todo, el mundo de las ideas; - explicaba, apagando la luz de la mesita de noche, diciéndole que sus pies se sentían como dos adoquines, frotándolos con los míos. – en tal sentido, la muerte es un acto sublime donde prima lo ideal sobre lo material; es decir, no importa el organismo sino el conocimiento adquirido durante toda la vida, es decir, los recuerdos.
- Entonces tú eres uno de los recuerdos más bonitos que yo tengo, Zoe – decía, desabotonándome la pijama, ahora que ya estamos calientitos y comenzamos a tener vida - ; y me gustaría recordarte siempre.
Aquel año en París nevó más de lo normal: el cena se algodono y con Ofelia dábamos largos recorridos por el Neuf. Se había comprado unas orejeras de algodón muy divertidas y una bufanda colorida. Por aquellos días nos enteramos de los primeros descubrimientos sobre la inteligencia de los hemisferios cerebrales. Se trataba de una investigación que determinó la precaria pedagogía de la enseñanza convencional a la que habíamos sido sometidos, allá en Sudamérica, Ofelia y yo.
- Que triste, ¿verdad, Zoe? – me decía, acodada en el balcón, viendo la nieve, en un vai ven, descender – saber que, mientras los que tienen una inteligencia del lado izquierdo de su hemisferio cerebral, no requieren que se les muestre los números, bastando que se los pronuncie para aprenderlos; mientras los diestros hemisféricos deben aprenderlos por los signos y, en tal sentido, ver número por número para retenerlos.
- Se trata, en efecto, de una inteligencia concreta y otra abstracta – decía yo, mirándola desde la cama, pensando en cuan bella se veía así a la luz del día –, por la cual los primeros pueden ver en la muerte de manrrat a una suicida; los segundos, el color triste del lienzo.
- Vaya, no lo había visto así – se vuelve hacia mi y me mira, camina y se va al baño, aparece con el cepillo dental en la boca, a penas puede pronunciar las palabras - ; eso quiege decig que yo soyg diegstra y tu zurdo, cegebragmente hablagdo.
- Vaya si has tomado el acento francés a pecho – me reía, fijándome que, mientras se cepillaba los dientes, se había puesto al revés el pijama.-, deberías dar clases de frangces a niños zurdos, hemisféricamente hablando.
Y así fue: Ofelia consiguió una clase de español en un colegio de poca monta cerca del jardín botanique de la ville de París. Por las tardes, luego del trabajo, la iba a recoger. Me apoyaba en una pared, encendía un tabaco y la esperaba. Tras una patota de niños en bufandas y guantes de lana, aparecía ella: larga, grande, flaca, llena de pecas, bufanda y orejeras, sonriente. Entonces apagaba el cigarrillo en el suelo y le cedía el brazo. Siempre había sido un día genial con los niños; siempre el niño gordo le había llevado la manzana; siempre la niña sabihonda había levantado su dedo hasta tocar el techo cuando había preguntado “haber quién sabe decir buenos días en español”; siempre el niño que perdía la mirada por la ventana, le hacia recordar a Lucas, su hijo que se había quedado en Buenos Aires, su ciudad.
Llegada la Primavera, los primeros cipreses de la rive gauche se llenaron de hojas; las magnolias de la rive droit se volvieron coquetas de contenta; y las tristes buganvillas cerca del Palais luxembourg se comieron, literalmente, la fachadas de los chelets. Entonces una nueva teoría refutó lo que Freud nos había hecho tragar a pie juntillas: los sueños son a colores y no a blanco y negro como aquél decía. Se trataba de tonalidades de los mismos que, una vez cerrados los ojos por Morfeo, pintaban cada una de las imágenes que nuestro subconsciente reproducía, en technicolor y con palomitas de maíz incluida, en nuestros sueños.
- ¿Entonces yo sueño todos los días a Lucas y a colores, zoe? – me pregunta, arrojando migas a unos patos silvestres que, descaradamente, menean la cola en un estanque de champs Elysées.- ; si esto es así, y si tenemos que ya estamos muertos por los idealistas, yo puedo recordar a Lucas a colores, y hacer que sus recuerdos sean conmigo.
- Así es – le digo, sabiendo ya, Ofelia, lo que eso significaba.-; Lucas debe estar soñándote a colores, esperando por ti para comenzar a recordar esta vida junto a ti, ahora que todos estamos muertos.
- ¿Y nosotros, Zoe? – me mira, con los ojos llenos de lagrimas, abrazándome fuerte.-, yo quiero también recordarte a ti y a colores, así estemos pudriéndonos de muertos en esta vida.
- Y así será, Ofelia – le digo, separándola de mi cuerpo, tomando su rostro con mis manos, mirándola fijamente -; bastará que nos recordemos siempre en esta muerte de vida que tenemos.
En una gran ave de acero se fue Ofelia. Desde un gran ventanal en el aeropuerto Charles de Gaulle, observe su ave. Conté las escotillas y me detuve en la penúltima: su asiento era el 64 B y pegado a la ventanilla. No la podía ver, pero agite mis manos con fuerza, como si nunca más la fuera a soñar o a recordar en esta vida.
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