HISTORIA Y HOTELES



Definitivamente me gustan los hoteles caros. Si tienen 5 estrellas, mejor. Me encanta sus habitaciones amplias, sus grandes cortinas, el agua tibia y el desayuno americano al otro día, vía service room. Y eso, definitivamente, me lo permiten las clases que doy. He viajado esta año dando conferencias sobre derecho, como nunca en mi vida y, valgan verdades, pienso que estafo a los asistentes. El otro día, por ejemplo, gracias a la amabilidad de un Vocal Superior de Arequipa, con quien llevo un curso en Chile, me propuso unas conferencias sobre el nuevo sistema procesal penal (soy abogado, por si no lo he dicho) en dicha ciudad. Acepté. Viaje con una delegación de ponentes, entre los que se encontraban magistrados, fiscales, docentes y uno que otro amigo que he logrado en estos viajes. Tanto son los viajes, que ya no imagino uno si no es vía avión (al igual que los hoteles baratos, los viajes en autobús son un recuerdo malo en mi memoria). Llegamos un lunes en la mañana. Las conferencias estaban programadas para toda la semana; la mía para el día martes y una de clausura el día viernes. Soy un poco maniático: llegado de viaje, me interno en el hotel, pido todo vía service room y no salgo. Preparo mis ponencias y hasta la forma en que voy a comenzar estas. Desconecto el teléfono y doy largos paseos por la habitación preparando, según yo, casos sorpresas o frases que el publico creerá espontáneas. El martes me alisto para mi ponencia como quien va a recibir el Óscar: baño tibio, la primavera de Vivaldi, desayuno americano, terno y corbata para la ocasión y, la siempre e infaltable, bendición al señor, como quien va al ruedo. Mis ponencias son geniales. Me encanta hablar de literatura y plasmarla al derecho. El resultado: aplausos. Luego, cual artista de cine, acepto invitaciones de magistrados, fiscales, abogados que, estoy seguro, en su vida han leído un libro. El miércoles y jueves son para divertirse: una pareja de fiscales (evito aquí decir que sexo tenían) me han enseñado la ciudad entre alcohol y comidas típicas. He dado minis conferencias en una universidad privada y ante un público que, estoy seguro, no se ha dado ni la menor cuenta que he estado ebrio. Divertidísimo todo. El viernes repito la manía del martes. El sábado sale mi avión y dejo a tras el hotel cinco estrellas.

Ofelia me espera siempre en el Aeropuerto. Apenas me ve se ríe. Me da un beso y me mira como si le trajera un montón de historias divertidas. Nos hospedamos un día en el hotel más barato que existe, sin servicios, sin nada. Y hacemos el amor. Termino a su lado, mirándola. Se ríe. Siempre se ríe. Cuéntame una vez más esa parte de los fiscales, Zoe, me dice. Y yo no solo se la repito, sino que siento la historia una y otra vez mas renovada, nueva. Ofelia me hace olvidar mis manías y mis ganas de hoteles y viajes en avión. Con ella puedo salir al otro día rascándome la espalda preso, según yo, de algún ataque nocturno de zancudos. Ofelia, en cambio, parece salir del Hotel Riviera: vestido florido, sandalias de verano y un coquetísimo sombrero. Y de regreso a casa, vía autobús, le cuento una vez más mi viaje.

Mi amor por ti, Ofelia, logra eso. Logra que todo sea zancudo y viaje un bus. Mi amor por ti logra que yo deje de lado mis manías y cuente la historia de los fiscales. La chica tonta que pensaba tener conmigo un affair es lo más divertido para ti. Si, definitivamente, a mi me gustan los hoteles caros. De eso, no hay duda, porque sin ellos no tengo historias para Ofelia, ninguna. Y eso significa no poder hospedarme en sus hoteles baratos y viajar con ella en bus. Escribo esto mientras espero mi siguiente vuelo, ya por los pasillos se anuncia el mismo. Tengo todas las notas y ponencias en las maletas, el terno y la corbata, todo. Ahora solo me toca viajar y regresar lo más pronto con sus historias. Ella las espera.

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