UN PEZ MUY GRANDE



A mí me gusta pensar en él. Para cuando lo conocí, me dijo que solo quería volar. Decía que soñaba con comenzar a correr rápido, cada vez más, y poco a poco comenzar a elevarse. Entonces cerraba los ojos y abría los brazos, y me decía que hasta podía sentir el aire sobre su rostro. Yo me reía, pero él me dijo que sí alguna vez iba a volar, lo iba a hacer sobre un campo de trigo y bajo un cielo azul. Me dijo, además, que con sus dedos tocaría las ramitas. Y yo le dije que a mí me gustaba su idea.

Siempre me gusta pensar en él. Me gusta, por ejemplo, recordar el día en que me llevó a ver el estanque a las afueras de la ciudad. Era un lago grande de aguas oscuras. Me dijo que había leído una novela donde decía que cuando el agua va discurriendo es porque va dormida; pero cuando se estanca, abre los ojos y mira al cielo. Yo encontré, años más tarde, la frase en un libro de Asturias. Se llamaba Hombres de Maíz. Y entonces me preguntaba que miraban los charcos de las lluvias si es que abren los ojos y ven al cielo. Y me dijo que la nieve cae triste desde el cielo, en un vai ven, viendo como se acercan cada vez más al suelo. Y entonces me contó que dentro del estanque vivía un pez muy grande con alas y ciego; me dijo que nadaba ciego en las profundidades, triste. Yo le pregunte por qué el pez con alas estaba triste. Me dijo que se había enamorado de una chica y que ésta se había ido con otro chico. No entendí la historia, y le pregunte por qué un pez se enamoraría de una chica. Entonces decía que ella le había enseñado a respirar fuera del agua, que era por eso. Yo la verdad nunca vi al pez con alas. Pero él me dijo que era color azul, muy azul. Como el cielo, me dijo. Y nos tumbábamos en la hierba y mirábamos el cielo azul con los brazos bajo nuestras cabezas, y me decía, Lucia, tú tienes que aprender a volar como yo algún día; y yo cerré mis ojos y, realmente, quise volar a cualquier lado, pero volar.

Me gusta acordarme de él. Y un día me dijo que me iba a enseñar un lugar hermoso. Era una colina empinada llena de trigo amarillo que llegaba hasta una pequeña quebrada a lo bajo. Entonces me dijo ven, Lucia, abriendo sus brazos y corriendo como loco hacia abajo de la colina; y yo lo seguí y corrimos entre risas, bajo el cielo azul, tocando con nuestros dedos las ramitas del trigo, y caímos en medio del trigal entre risas y me quedo viendo, y me beso y yo lo besé; y me desnudo y me dijo quieres volar. Entonces supe que era amor eso de volar todo el tiempo. Y nos abrazamos mucho y me paso su dedo por mi ceja y cerro sus ojos, y me dijo ya puedo dibujarte, Lucia. Y vimos el cielo oscurecerse y ver las estrellas salir pequeñitas a lo lejos. Entonces regresamos empujando las bicicletas hasta el pueblo.

Para mí fue todo tan real, que me cuesta creer que, como dijo mi papá, él tenía esquizofrenia. Y cuando lo fui a ver lo tenían amarrado a un catre viejo. Y yo lloré porque nunca había visto que a una persona que sepa volar le amarren así; y gritaba que lo seguían, que el pez azul estaba por salir ya del estanque y que tenía que ir a verlo. Y yo quise, por el resto de mi vida, que lo dejaran volar, a cualquier lado conmigo. Y le dieron pastillas de colores. Y sus ojos se oscurecieron. Y dejo de hablar al año. Y se quedo sentado en una silla de madera frente a su casa. Y yo fui, todas las tardes, a correr con los brazos abiertos en el trigal. Cerraba los ojos y podía tocar las ramitas, mientras volaba. Al pez nunca lo vi. Pero sé que ésta allí, en las profundidades del estanque, ciego, aleteando sus alas.

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