UN VERANO PARA ABRIL
Tengo trece años. El verano ha llegado al pueblo y
las clases en el colegio están por comenzar. Me gusta ir en bicicleta. Aún recuerdo
cuando conocí a Abril. Está parada a un lado del camino. Tiene dos hojitas de
té por ojos. Respira como una rana; sentada al filo de un charco, con su
bicicleta de canastilla tumbada en la hierba. Había pedaleado mucho desde el
pueblo y su intención era llegar a la gran represa, me dijo. Me encogí de
hombros y le dije que no había represa alguna, que ya iba a oscurecer y que
sería mejor que regresase al pueblo. Yo empecé a pedalear mi bicicleta, dándole
la espalda. Al cabo de un rato, escuche
el timbre ronco de su bicicleta a mis espaldas. Volví la vista y la vi
pedaleando duro, gritando: ¡eh, espera!.
Dejé que me alcanzara y comenzó a pedalear a mi lado, zigzagueante, como
un animalito que ya ni fuerzas tiene.
-
¿cómo
que no hay represa alguna? – me preguntó, mientras amenazaba con chocarme con
lo agotada que se le veía - ¿cómo explicas el arco iris de hoy en la mañana?
-
¿Qué
tiene que ver un arco iris con la existencia de una represa? – le dije,
avanzando un poco más, tratando que no me chocara.- no hay ninguna a diez
hectáreas a la redonda.
Al cabo de un rato volvió a llegar a mi lado,
jadeante, fruncida las cejas, enojada: ¿Cuánto equivale una hectárea?. Me reí y
pedaleé duro. La escuché gritar que esperara, pero ya estábamos a portas del
pueblo, así que la deje atrás y no volví la vista hasta cuando llegue a casa.
Guarde la bicicleta en el garaje y tome un baño.
Ese soy yo. Siempre me levanto temprano. Tomo la
bicicleta y pedaleo rumbo a la granja del tío Mario. Para cuando estaba
saliendo del pueblo, casi entrando por una gran trocha de tierra, la vi parada
al lado de su bicicleta. Me detuvo con la mano.
-
¡Existe
la represa! – me dijo. Llevaba un overol y trenzas largas. Parecía estar
tranquila. – esta casi al sur del molino de don Santos; me lo dijo un señor que
carga leña. Por cierto, para tu información una hectárea equivale a mil metros.
-
¿cuadrados
o cúbicos? – le pregunte.
-
¿cómo
qué cuadrados o cúbicos? – dijo, frunciendo las cejas, enojada.- mil metros son
mil metros, no hay cuadrados o cúbicos.
Empecé a pedalear y a dejarla atrás. Grito:
¡espera! Al cabo de un rato estaba a mi lado, mirándome, fruncida las cejas, la
boca erguida de molesta. La miré de costado y no le dije nada. Se veía
graciosa. Apuré el paso y ella conmigo. No dejaba de pedalear y pedalear. A
poco de un kilometro estaba un poco atrasada, ya sin la expresión de enojada.
Entonces me detuve a esperarla. Cuando llego me ignoró totalmente y avanzo
indiferente, pedaleando fuerte. Vaya, niña, me dije. Entrando a un sendero de
tierra rojiza, se detuvo: es por aquí, me dijo; si seguimos de frente
llegaremos a la represa.
-
¡buena,
suerte! – le dije, y comencé a pedalear, tomando el sendero contrario que me
llevaría a la granja del tío Mario.
Al cabo de un rato sentí que me alcanzaba, que
llegaba a mi lado, fruncida las cejas, roja de ira: ¿cómo que buena suerte?,
preguntó. Se supone que debes comprobarlo también, pues ayer lo negaste, me
dijo. Le explique que yo no había negado nada; que le había dicho la verdad. Entonces
se detuvo y la dejé atrás, mirándome. Pase la tarde con mi tío y volví al
pueblo antes que anocheciera. Para cuando llegué al cruce estaba allí su
bicicleta, pero no había rastro de ella. Me detuve. Baje de la bicicleta y di
un vistazo a la suya: estaba tumbada en la tierra. Miré alrededor y nada. Caminé
un poco y la ví sentada en una gran piedra, triste.
-
Te
tardaste en venir – me dijo al verme.-. Tenías razón, no hay represa alguna por
ningún lado.
-
¿por
qué tarde en venir? – pregunte.
-
No
pensarías que iba a volver sola a casa, o ¿si?
Me encogí de hombros y tomé la bicicleta. Vino
corriendo y montó la suya. Comenzamos a pedalear rumbo al pueblo. Nos
despedimos en un cruce. Me miro enojada, como si esperara que yo la acompañase
a su casa.
Al día
siguiente fui al colegio. Primer día de clases. Estábamos comentando los amigos
lo qué habíamos hecho en las vacaciones, cuando la profesora pidió la atención
para presentar a la nueva alumna. Era ella. Se llamaba Abril y había llegado al
pueblo de la ciudad con sus padres. Todos saludaron y tomó asiento en la última
carpeta de la fila contigua a la mía. Godoy,
quien se sentaba delante de mi carpeta, volteó y dijo: oye, Sebas, la niña
nueva está mirándote. Volteé. Me arrepentí. En efecto, estaba viéndome, y no
solo eso, sino que, apenas la vi, me saco la lengua y frunció las cejas. Me
ruboricé y Godoy se echo a reír.
Al final del día, cuando regresaba a casa en la
bicicleta, la vi parada en el cruce del camino. Estaba con los brazos cruzados
a la altura del pecho, mirándome. No me detuve. Solo pedaleé duro.
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