UNA RONDA Y NADA MAS


Para entonces, yo había cumplido veintiséis años, llevaba una vida a tiempo partido: entre la universidad y un bar al que frecuentaban algunos intelectuales, por decirlo así, de la localidad. Frecuentar dicho bar me dio la oportunidad de conocer a prestigiados escritores; no tan prestigiados escritores; prestigiados pintores; no tan prestigiados y, así, al infinito. Pero fue en dicho bar en que tuve la oportunidad de conocer a Mario Vargas Llosa. Fue gracias a una invitación personal que el pintor Gerardo Chávez me hizo extensiva a la recepción que éste le haría a aquél en dicho bar, que además era de su propiedad. La cita había sido establecida a las cinco y media de la tarde. Entusiasmado, había tomado una de mis novelas preferidas, me había agenciado de algunas monedas, y había ido con dos horas de anticipación a la cita. El bar se encontraba abierto como siempre al público, más ese día parecía estar distinto: el barman, un gran amigo con el que se podía hablar desde Marguerite Duras hasta Honore Daumier, me había reservado una bucata especial en la barra. Enfundado en un mandil blanco, con el mantel colgado del hombro, me dijo que dentro de una hora se cerraba el bar al público y, con guiño incluido, sólo quedarían los invitados. Entendí que, dentro de los “invitados”, yo tenía un asiento preferencial, ante lo cual se lo agradecí. Para amenizar mi espera, pedí una mistela de guindón, previa consulta ciega de mi mano en el fondo de mi bolsillo: el tacto me indico que contaba con tres hermosas monedas de cinco nuevos soles, lo cual me cubriría hasta la tercera ronda. Como nunca, disfrute mi pequeña copa en espera del escritor. Llegada las cinco, se hizo presente el pintor Gerardo Chávez, quien, sin consultarle, solicitó al barman otra mistela para mí y una para él. Intuí que se trataba de una invitación, más mis dudas me asaltaron. En todo caso, hasta allí podía cubrir los tragos, ya vería como regresaba a casa. Entre la conversación sobre lo interesante de la vida intelectual de Mario que habíamos entablado Gerardo y yo, éste ordenó una ronda más, una porción de mini – butifarras que, como buen cliente y asiduo que era yo, supe que jamás podría costearlas, así que me hice a la idea de que aquél gran banquete en honor al escritor laureado había ya empezado sin él. Lo cierto es que éste no llegaba y Gerardo ya empezaba a impacientarse y yo con él por la variedad de piqueos y renovaciones de ruedas de mistela que ya había perdido yo la cuenta en monedas. Llegada las nueve de la noche, Gerardo y yo ya habíamos entrado a discutir del mayo del 68, su intervención como pintor del gran mural desde donde Sartre habló, la presencia de Mario en la misma, y mis empíricos conocimientos de aquella fecha por novelas ambientadas en esas fechas, además de mis imaginaciones sobre Marguerite Duras en alguna rue de París, conversando en algún café con Vila – Matas. Gerardo se quejó de la ausencia de Mario y sentenció que el escritor no vendría, entonces yo volví en sí, se me vino a la mente la cuenta, Gerardo abandonó el local, yo quería abandonarlo también, pero una nueva ronda me detuvo en medio de la barra y ya me sentí perdido. Creo que ordené dos copas más, no sé si pensando en la golpiza que me darían cuando se enterarán de que no iba a poder pagar la cuenta y así no sentir nada, o porque ya no importaba deber una que veinte. Lo cierto es que, llegada las once de la noche, cuando el barman se alistaba a darme la temible hoja con todos esos números que, fácilmente, sobrepasarían los seis dígitos, sonó la campanilla de la puerta de entrada e hicieron su aparición un entusiasmado Gerardo Chávez, acompañado de Mario Vargas Llosa. Fue increíble. El escritor vio mi banca preferencial, y antes de que yo reaccionara, me estrecho la mano, para luego pasearse por todo el bar y observar lo hermosa de su estructura estilo París del 68. Gerardo ordenó una nueva ronda, esta vez con un “la casa paga”, con lo cual, según mi lógica, lo anterior estaba saldado. Aquella noche hable con Mario de Oquendo de Amat en más de cinco metros de poesía, mis ganas de escribir algún día, mis sueños y los suyos vistos a mi edad. Incluso el mismo Mario ordenó una ronda para ambos, una porción más de butifarras, a lo cual no pude negarme ya. Llegada la madrugada, firmado mi libro con un “Para Carlos Zoé (con tilde, pues al preguntarme cómo se escribe, le dije que igual a Zoé Valdez), cordialmente MVLl”, nos despedimos con un fuerte abrazo. Recuerdo que lo último que me dijo, desde el umbral de la puerta, la noche detrás de él, fue que me deseaba mucha suerte en mi carrera literaria. Tengo grabada esa imagen, como también la de mi moneda de cinco soles sobre la barra, mi guiño al barman y mi frase: “una propina para ti.”

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