CICATRICES


Con Camila tenemos un pacto. Dormimos por las tardes, después de hacer el amor en una pequeña habitación que tiene en el Jirón Almagro. No la veo casi nunca, ni sé lo qué hace. Me gusta escribir, creo. Tengo una docena de malos cuentos. No trabajo, bebo mucho, suelo ser feliz. Trato de no discutir con eruditos. Son como una molestia y me avinagran el vino que me infla la barriga.  Cuando le hago el amor a Camila me gusta tocarle la cicatriz que tiene en su abdomen. Siempre se pone de costado para poder tocarla mejor.

German me espera siempre en la boca de un zaguán.  Se apoya en la pared, enciende un cigarrillo y me espera. En el bar de Milton bebemos caña. El baño del bar es hediondo y mal oliente, por eso no traigo a Camila acá. El pene de la ballena, dice German, como si fuera nuevo hablar de Henry Miller. Primero se me adormece la lengua y luego ya no escucho a nadie. Me imagino a Camila acostada con otro hombre. Quizás por las noches duerma con él. Nuca la voy a ver por las noches. Nuestro pacto es de tarde. Le beso los senos y me mira. Luego perdemos el control y marcamos el ruido del catre. Se pone de costado y mi dedo recorre la línea abultada. Quisiera olerla, pasar mi lengua por ella, ver si crecen bellos en esa línea.

Al otro día, hincado en el suelo, boto bilis. Me erizo como un gato y desde mi boca un hilo verde queda colgando. Luego enciendo un cigarrillo y me acodo en el balcón. Al medio día como algo en el restaurante de Silvine. Para colmo, el mal tiempo de las lluvias. Como una araña me quedo en mi habitación y no salgo. El tiempo se me consume en cigarrillos. Hoy es veinte de Julio y no iré a ver a Camila. La lluvia, la maldita lluvia. Mi dedo recorre mi propia cicatriz, pero no es igual.

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