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BUGANVILIAS EN ABRIL

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En su última carta, más allá de especificaciones sobre las Buganvilias, Abril me contaba sobre las revueltas que habían hecho noticia por esos días. Me costaba imaginarla protestando contra la dictadura. Sin embargo, por sus palabras, supe que todo era verdad, hasta su detención por comandos militares en uno de los ambientes de la Universidad donde estudiaba letras. “nos llevaron a un recinto y nos amenazaron de muerte”, me escribía en letras grandes, para una mujer que tenía el cuerpo más débil que yo haya conocido. A vuelta de correo, le contaba sobre mi vida en Palma de Mallorca, en mi casita de Migjorn, cerca al Club Náutico donde trabajaba de maître y por las tardes como Timonel cerca del Contramuelle Mollet, en una embarcación de nombre “Alma mía”.  Los días que vinieron no tuve noticias suyas sino hasta tres meses después en que me escribió desde Argentina. Había llegado como refugiada de la dictadura, se había marchado de tantas amenazas. Yo estaba en u...

DIARIO

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Los masones creen que existe una persona igual que uno en otro espacio y tiempo, no necesariamente mayor ni menor que uno, viviendo otra vida, en otro país o muy cerca. Dicen, además, que si uno, en otro lugar y tiempo, toma una decisión, ésta no solo le afecta a uno sino también a esa persona que es igual que nosotros. Hace unos años atrás, mientras vivía en Japón, leí esto y me quede pensando en este dogma. La idea de la otra persona igual que uno la vino a reforzar un cuento de Julio Ramón Ribeyro por aquellos días. Aquel día, bajo un letrero oxidado de Pepsi-Cola en rojo y azul, como el antiguo logo de la bebida, me senté a beber un café helado (allá se expenden en cada esquina) y pensaba en la idea de la otra persona igual que yo en otro espacio y tiempo. Entonces se me vino a la mente tomar alguna decisión y recodar la fecha para cuando la encontrase algún día y preguntarle que había pasado con ella. Pues bien, ese día tome la decisión de viajar a una antigua ciu...

LOS IDEALISTAS

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Raras cosas sucedieron entre los años 322 y 390 antes de Cristo; por una parte Aristóteles propugnaba que uno físicamente sí existe, si es que, al menos, otro lo pueda tocar (a esto le llamaron materialismo). Platón y Sócrates, por el contrario, decían que nosotros no existimos, sino que, realmente lo que suced, es que nos estamos recordando al haber alcanzado el idealismo y, por ende, ya estamos muertos. Entonces Ofelia se ponía las gafas a la altura de la nariz y me observaba sobre las mismas: ¿cómo se come eso? Yo, la verdad, me encogía de hombros, diciéndole que, en todo caso, yo me quedaba con la idea (si no es que ya estoy recordando esto) de los idealistas. - ¿entonces estamos muertos y no estamos aquí ahora? – me preguntaba, abrigada hasta el cuello con las sabanas, abrazándome bajo ellas, diciéndome que frío hace ahora que ya estamos muertitos, Zoe. - Lo que sucede es que la muerte es alcanzar, sobre todo, el mundo de las ideas; - explicaba, apagando la lu...

TEORIAS

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Ella dibujo el almagesto en la arena, y me dijo que todas las personas, al igual que el sistema geocéntrico, giraban alrededor de mi corazón. Entonces me enamoré. Y me enamoré a ojos cerrados y manos abiertas; y me enamoré con álgebra y modelos heliocéntricos. Los libros sobre la mesa y café humeante, y besos, muchos besos. Y dejamos de lado las teorías y nos fuimos de pesca. Y en un muelle pescábamos peces globos que, sin alas, volvían al mar dando tumbos. Ya no nos importó la velocidad de la luz o la teoría del flogisto. Nos habíamos enamorado con dientes y con manos; con sueño y con sueños; con dedos, con miedo, con cuerpo, con sangre. Y nos mirábamos las uñas y las encontrábamos llenas de arena, de playa, de vida. Ojos y ojos. Grandes cíclopes mirándose así mismos, una constante gravitación universal. La teoría de la doble rendija y el crepúsculo por la tarde. Peces y peces mirándonos desde la profundidad del mar, como nuestros piececillos tocaban el agua. Besos y a...

DEDICATORIAS

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La reconocí caminando por el Pont Neuf, en París, en uno de esos días lluviosos en que puedes ver las estrellas bajo tus pies. Y aunque pareciere una frase, había días en París donde los charcos que se formaban en las ruas reflejaban las estrellas por las noches. Llevaba un vestido a cuadros y una bufanda larga con lunares plomos. Se llamaba Susane Lire y había escrito un libro de cuentos muy bueno titulado “ El color de las vocales ”. Había cumplido veinte años y distaba mucho de la imagen que aparecía en la contratapa del libro suyo. A simple vista era una mujer saludable y bella, que era inimaginable pensar que cuatro años más tarde iba a morir. No sabía si acercarme corriendo y decirle que el libro de cuentos me había parecido genial, o seguirla para saber qué lugares frecuentaba. Pero como muchas cosas en esta vida me desistí de ello y no hice sino acodarme en el puente, y verla como se alejaba a paso apurado con rumbo a la plaza L´ecole. Yo, por entonces, había cumplido l...