DEDICATORIAS
La reconocí caminando por el Pont Neuf, en París,
en uno de esos días lluviosos en que puedes ver las estrellas bajo tus pies. Y
aunque pareciere una frase, había días en París donde los charcos que se
formaban en las ruas reflejaban las estrellas por las noches. Llevaba un
vestido a cuadros y una bufanda larga con lunares plomos. Se llamaba Susane
Lire y había escrito un libro de cuentos muy bueno titulado “El color de las
vocales”. Había cumplido veinte años y distaba mucho de la imagen que
aparecía en la contratapa del libro suyo. A simple vista era una mujer
saludable y bella, que era inimaginable pensar que cuatro años más tarde iba a
morir. No sabía si acercarme corriendo y decirle que el libro de cuentos me
había parecido genial, o seguirla para saber qué lugares frecuentaba. Pero como
muchas cosas en esta vida me desistí de ello y no hice sino acodarme en el
puente, y verla como se alejaba a paso apurado con rumbo a la plaza L´ecole.
Yo, por entonces, había cumplido los veintidós años, y me pasaba muchas horas
leyendo en un Café de la rue St. Denis que consideraba bueno para escribir. Sin
embargo, un día que paseaba por París, en uno de esos meses fríos, me perdí por
unas callejuelas y me di de nariz frente a un Bistrot. Se trataba de café que
servía un founde exquisito y barato. Sí algo saben los franceses es mezclar el
queso con patatas de la tierra, jamón y cebolla blanca. Desde entonces comencé
a frecuentar la 22 de la rue du Grenier Saint-Lazare, donde quedaba el Bistrot
aquél.
Un día, mientras leía una de esas novelas, Susane
Lire entró al local. Yo estaba leyendo, pero el sonido de la campana de la
puerta me hizo levantar la vista: se quitó los guantes, colgó su saco en el
perchero y por primera vez la vi de cuerpo entero. Era, en definitiva, una
mujer guapa. Por un segundo me miró y fue a tomar asiento cerca de la ventana.
Fue la primera vez que le dirigí la palabra. Me puse de pie, no sé con qué
fuerzas, y me pare frente a ella. Levantó la vista y esbozó una pequeña
sonrisa, la única que le conocí.
- Mi nombre es Zoe – dije - y he leído su libro de cuentos.
- ¿Qué te pareció el título? – me preguntó.
Entonces supe que Susane Lire tenía una obsesión con los nombres de las
novelas.
- No solo los títulos de las novelas – me explicó más tarde cuando abandonamos
el café y caminamos sin rumbo por el Boulevard de Sebastopol -, sino también
las dedicatorias.
Se trataba de una manía suya de elegir la próxima novela a leer. Decía que un
buen escritor se le sacaba por el título de la Novela o las dedicatorias a
puerta de la misma. Gracias a ella tuve acceso a libros como “La asesina
ilustrada”, “Nunca voy al cine” y “Al Sur de los párpados” de Enrique Vila –
Matas; “Mientras ellas duermen” de Javier Marías; “El arte de la fuga” de
Sergio Pitol; entre otras, como las de Bolaño y su “Detectives Salvajes”; o las
de Bryce Echenique: “La Vida Exagerada de Martín Romaña” y “El Hombre que habla
de Octavia de Cádiz”, reunidas ambas en un título maravilloso: “Cuadernos de
Navegación en un Sillón Voltaire”. Ni que decir de las dedicatorias que me
enseñó: “Porque te quiero poner te quiero” de Saramago a Pilar, su esposa; le
encantaba la frase repetida de Vila – Matas en todas sus novelas: “A Paula de
Parma”; y le obsesionaban las muy personales: “A…” de Pedro Mata, en “Corazones
sin rumbo”.
Entonces supe que me enamoraría de ella. Pasamos juntos el verano y el invierno
nevado de aquel año en que la conocí. Nos dejábamos citas en la estación del
metro, en un anuncio viejo de coca – cola que estaba a la salida de la estación
que llevaba a los campos elíseos.
- “las mujeres no tienen medias” – yo.
- “Estoy apurada; mi corazón llega tarde” – ella.
- “hoy no quiero verte, solo pensar en ti”- yo.
- “detén mi mano, ahora, que escribe esto”. – ella.
- “Un martes puede ser fin de semana y otro día convertirse en mes”. – yo.
- “Un año contigo”.- ella.
- “despierta; no quiero seguir siendo un sueño”.- yo.
- “estoy enferma”.
Caminé todo el día pensando en la frase. No tenía sentido alguno. ¿Era una
dedicatoria ello? Sí algo no había hecho entonces era decirle que la amaba.
Sólo caminábamos y nos tomábamos de la mano. Mis dedos recorrían las líneas de
su vida en la palma de su mano; los de ella, la línea del amor de la mía. La
encontré parada, de espaldas, como la Maga viendo un vitral que contenía un
vestido florido; el precio rezaba 3000 francos.
- Toma - le dije, entregándole en su mano 4 francos -; nos faltan dos mil
novecientos noventa y seis.
- A fin de año podremos comprarlo entonces – dijo sin quitarle la vista -; el
verano habrá llegado ya y yo poder lucirlo para ti.
Nos tomamos la mano y caminamos por todo París. Yo no quería preguntar nada de
la frase. Fuimos a leer títulos de novelas y dedicatorias en una librería vieja
de la rue St. German. Estaba leyendo un libro cuando la sentí abrazarme por la
espalda a la altura de la cintura y esconder su rostro en mí.
- Dime una dedicatoria – me dijo.
- “No te enfermes para mí”.
Susane Lire murió cuatro años más tarde de aquel día lluvioso en que la conocí.
Yo fui al entierro, pero me senté lejos bajo un árbol en los campos elíseos.
Tendí un mantel grande y me tumbé a ver a sus familiares que, de negro, estaban
en corro a ella. Comí una manzana y pensé que le hubiera gustado verme así:
nada de negro, me había dicho; de rojo, como las manzanas, ¿ok?.
Ahora camino por las calles de París con las estrellas bajo mis zapatos. Sigo
frecuentando el Bistrot de la 22 de la Grenier Saint-Lazare. Siempre releo su
librito de cuentos que me regaló con su dedicatoria.
“A Zoe, que tiene dos vocales color azul y rojo.”
Y más abajo dice:
"He escrito muchas frases para ti en todas las estaciones de París para
cuando yo no esté. Búscalas, y bajo cada una de ellas respóndeme."
Llegue a encontrar 7 de ellas:
- “Dime cómo se llama la novela que lees” – ella en la estación Place
Charles-De-Gaulle, sobre una banca.
- “París no se acaba nunca, de Vila – Matas, te hubiera encantado el nombre”-
yo.
- “He comido una empanada de ese carrito de al frente, prueba una.” – ella en
la estación Gare du Nord, en una cabina telefónica de madera.
- “Son una delicia. Compre dos” – yo.
- “¿Me extrañas, Zoe?” – ella en la estación Évry. Con letras muy grandes sobre
la boletería.
- “Siempre. En cada frase. En cada libro.” – yo
- “Cómprate algo bello con los 3000 francos que ahorramos y dime qué es” – ella
en la estación Saint-Michel, bajo un letrero de toros.
- “Tu vestido florido. Estaba a 50% de descuento. Me compre unos tirantes
bellos con el resto. Te amo.” – yo.
- “Te acuerdas la canción que bailamos en el Pont Neuf” – ella en la estación
Gare de Lyon. En un puesto de revistas.
- “You can be sure; Peter Frampton. Estabas bella y todos nos miraron. Te
extraño horrores.” – yo.
- “Zoe” – ella en la estación de Saint-Quentin. En letras de colores, sobre un
cartel viejo de tabaco.
- “¿sí? – yo
- “Te extraño” – ella en mis sueños.
- Yo también.
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