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LOS IDEALISTAS

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Raras cosas sucedieron entre los años 322 y 390 antes de Cristo; por una parte Aristóteles propugnaba que uno físicamente sí existe, si es que, al menos, otro lo pueda tocar (a esto le llamaron materialismo). Platón y Sócrates, por el contrario, decían que nosotros no existimos, sino que, realmente lo que suced, es que nos estamos recordando al haber alcanzado el idealismo y, por ende, ya estamos muertos. Entonces Ofelia se ponía las gafas a la altura de la nariz y me observaba sobre las mismas: ¿cómo se come eso? Yo, la verdad, me encogía de hombros, diciéndole que, en todo caso, yo me quedaba con la idea (si no es que ya estoy recordando esto) de los idealistas. - ¿entonces estamos muertos y no estamos aquí ahora? – me preguntaba, abrigada hasta el cuello con las sabanas, abrazándome bajo ellas, diciéndome que frío hace ahora que ya estamos muertitos, Zoe. - Lo que sucede es que la muerte es alcanzar, sobre todo, el mundo de las ideas; - explicaba, apagando la lu...

TEORIAS

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Ella dibujo el almagesto en la arena, y me dijo que todas las personas, al igual que el sistema geocéntrico, giraban alrededor de mi corazón. Entonces me enamoré. Y me enamoré a ojos cerrados y manos abiertas; y me enamoré con álgebra y modelos heliocéntricos. Los libros sobre la mesa y café humeante, y besos, muchos besos. Y dejamos de lado las teorías y nos fuimos de pesca. Y en un muelle pescábamos peces globos que, sin alas, volvían al mar dando tumbos. Ya no nos importó la velocidad de la luz o la teoría del flogisto. Nos habíamos enamorado con dientes y con manos; con sueño y con sueños; con dedos, con miedo, con cuerpo, con sangre. Y nos mirábamos las uñas y las encontrábamos llenas de arena, de playa, de vida. Ojos y ojos. Grandes cíclopes mirándose así mismos, una constante gravitación universal. La teoría de la doble rendija y el crepúsculo por la tarde. Peces y peces mirándonos desde la profundidad del mar, como nuestros piececillos tocaban el agua. Besos y a...

DEDICATORIAS

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La reconocí caminando por el Pont Neuf, en París, en uno de esos días lluviosos en que puedes ver las estrellas bajo tus pies. Y aunque pareciere una frase, había días en París donde los charcos que se formaban en las ruas reflejaban las estrellas por las noches. Llevaba un vestido a cuadros y una bufanda larga con lunares plomos. Se llamaba Susane Lire y había escrito un libro de cuentos muy bueno titulado “ El color de las vocales ”. Había cumplido veinte años y distaba mucho de la imagen que aparecía en la contratapa del libro suyo. A simple vista era una mujer saludable y bella, que era inimaginable pensar que cuatro años más tarde iba a morir. No sabía si acercarme corriendo y decirle que el libro de cuentos me había parecido genial, o seguirla para saber qué lugares frecuentaba. Pero como muchas cosas en esta vida me desistí de ello y no hice sino acodarme en el puente, y verla como se alejaba a paso apurado con rumbo a la plaza L´ecole. Yo, por entonces, había cumplido l...