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Mostrando entradas de septiembre, 2017

PERROS DE CAZA

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Yo soy Bermellón, azafrán, malva, siena, albaricoque, turquesa, ónice, anjeo, arenque, corona, verdín, gorgonzola sin brillo. Camino por Betelgeuse, Pólux, Cástor, Capella, Perros de caza, Antares, Canope, la cruz del sur sobre mi casa. Ella cumple seis lustros y no treinta años. Y así, Camila dice que me conoce. Se cubre con una sabana y me dice: no me mires. Yo quiero ser una grulla y rascarme el mentón con una pata. Si por Camila fuera ella sería Psiquis y yo Amor. No la entiendo. Flota todo el día como un nenúfar y a mí me da miedo tocarla y que se hunda del todo. Se apoya en el balcón y me dice ven, ven mira. Yo la miro desde la cama, desnudo, pensando que en la caja del tímpano tiene una bailarina que no para de girar. Cuando vuelve a la cama y se mete bajo las sabanas me dice ven con tu pagoda. Yo le digo, tomándola del talle, que es una cornamusa de Numancia y no una pagoda. Se ríe cuando la toco y me dice: apúrate, ya va a oscurecer y te tienes que ir. Desde punta aren...

UNA RONDA Y NADA MAS

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Para entonces, yo había cumplido veintiséis años, llevaba una vida a tiempo partido: entre la universidad y un bar al que frecuentaban algunos intelectuales, por decirlo así, de la localidad. Frecuentar dicho bar me dio la oportunidad de conocer a prestigiados escritores; no tan prestigiados escritores; prestigiados pintores; no tan prestigiados y, así, al infinito. Pero fue en dicho bar en que tuve la oportunidad de conocer a Mario Vargas Llosa. Fue gracias a una invitación personal que el pintor Gerardo Chávez me hizo extensiva a la recepción que éste le haría a aquél en dicho bar, que además era de su propiedad. La cita había sido establecida a las cinco y media de la tarde. Entusiasmado, había tomado una de mis novelas preferidas, me había agenciado de algunas monedas, y había ido con dos horas de anticipación a la cita. El bar se encontraba abierto como siempre al público, más ese día parecía estar distinto: el barman, un gran amigo con el que se podía hablar desde Marguerite ...

CICATRICES

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Con Camila tenemos un pacto. Dormimos por las tardes, después de hacer el amor en una pequeña habitación que tiene en el Jirón Almagro. No la veo casi nunca, ni sé lo qué hace. Me gusta escribir, creo. Tengo una docena de malos cuentos. No trabajo, bebo mucho, suelo ser feliz. Trato de no discutir con eruditos. Son como una molestia y me avinagran el vino que me infla la barriga.  Cuando le hago el amor a Camila me gusta tocarle la cicatriz que tiene en su abdomen. Siempre se pone de costado para poder tocarla mejor. German me espera siempre en la boca de un zaguán.  Se apoya en la pared, enciende un cigarrillo y me espera. En el bar de Milton bebemos caña. El baño del bar es hediondo y mal oliente, por eso no traigo a Camila acá. El pene de la ballena, dice German, como si fuera nuevo hablar de Henry Miller. Primero se me adormece la lengua y luego ya no escucho a nadie. Me imagino a Camila acostada con otro hombre. Quizás por las noches duerma con él. Nuca la voy a ve...