RECORDANDO A WILLY

Era del 59, pero aparentaba ser más joven. Nos encantaba pensar con quienes habría compartido su vida, las familias en las que habitó, pero estábamos seguros que cada uno de ellos lo había cuidado con mucho esmero. A parte de la ausencia de uno de los retrovisores laterales, el Mini Austin Cooper que compramos Ofelia y yo se mantenía en buen estado. Lo adquirimos de un ciudadano ingles de la Calle Porrúa, a cuatro cuadras del primer departamento que alquilamos. Era el inicio de nuestro matrimonio y, con la paga que recibía ella de sus clases de música y la mía de profesor de liceo, decidimos buscar un auto a nuestro alcance. Le pusimos de nombre Willy. Me basta cerrar los ojos y recordarlo todo. Ella está de espaldas en el fregadero, mientras yo llego del trabajo, dando saltos en las baldosas como un peón, hasta tomarla del talle. Que susto que le he dado, se queja, un día de estos la voy a matar de un sincope. Exagerada, le digo, mientras nos besamos y, de pronto, en un bolsil...